top of page

TZANTZA

FlYER PUBLICITARIO
tzantza.png

Historia
completa

La selva no callaba, pero para Nayapi el silencio era absoluto. A sus pies yacía el guerrero del clan rival. Había sido una lucha justa, pero el peligro real no había terminado: el cuerpo moría, pero el muisak —el espíritu de la venganza— ya se desprendía de los ojos abiertos del cadáver, buscando la forma de destruir a Nayapi y a su familia.

Nayapi actuó con la precisión que le enseñó el chamán. Con un corte limpio en la nuca, desprendió la piel del cráneo, desechando el hueso en el río para que las corrientes se llevaran el pasado. En la fogata sagrada, hirvió la piel con las plantas de la selva; no podía descuidarse, un minuto más y el cabello se desprendería; un minuto menos y la carne se pudriría.

Al amanecer, introdujo la primera piedra caliente dentro de la cabeza, seguida de arena fina de la orilla. La piel se contrajo, crujiendo, reduciéndose al tamaño de un fruto silvestre mientras las manos de Nayapi moldeaban el cuero para que el rostro mantuviera las facciones de quien fue en vida.

Antes de que el sol tocara el centro del cielo, Nayapi tomó tres espinas de chonta y cosió firmemente los labios de la pequeña cabeza.

—Ya no puedes maldecir. Ya no puedes buscarme —susurró.

Al sellar la boca y los párpados, el espíritu furioso quedó atrapado en la penumbra del cuero ahumado. La fuerza de su antiguo enemigo ahora le pertenecía. Nayapi colgó la tzantza en su pecho; la selva volvió a cantar y la paz regresó a su hogar.

  GALERIA DE FOTOS

cabeza elaborada con palillos sobre madera.jpg
bottom of page